domingo, 11 de mayo de 2008

Catalina II de Rusia: Figchen





CAPITULO 1/3: 

“Esmirriada, enjuta y contrahecha”



El Reino de Prusia era muy pródigo en princesas casaderas. Las aspirantes a ocupar lugares de privilegio en la aristocracia europea, eran formadas con esmero por un verdadero ejército de institutrices, nanas, profesores de música, danzas, religión y lenguas extranjeras, y a menudo se convertían en piezas políticas claves de negociación entre países.

Con un hombro más elevado que el otro y delgadez extrema, la pequeña Figchen (diminutivo germánico de Friederike ó Federica) no parecía reunir las cualidades necesarias, ni siquiera para sacar a su familia de la digna pobreza en que vivían.   

Sophie Friederike Auguste von Anhalt-Zerbst había nacido el 2 de mayo de 1729 en el seno de una familia aristócrata de menor rango,  y desde el primer momento fue una decepción para sus padres, que  esperaban un varón.  Su mamá, la hermosa Juana de Holstein-Gottorp,  aún resentía el propio matrimonio, que no hizo justicia a su belleza y noble cuna. Y para lograr  al menos, un mediocre casamiento para su contrahecha hija,  decidió corregir los defectos de Figchen haciendo fabricar un extraño corsé en metal y cuero que abarcaba a la niña  desde la cabeza hasta los pies.

Por muchos años –casi toda su infancia- Figchen soportó los  terribles dolores ocasionados por  ajustadas correas  y hasta laceraciones en el cuero cabelludo, que la obligaban a llevar su cabeza siempre rapada. No obstante los sufrimientos físicos y el desprecio de la madre, Figchen o Sofía,  tuvo una niñez apacible y felíz. Aunque amaba estudiar, tuvo que conformarse con la instrucción necesaria para un mediocre matrimonio, que abarcaba el aprendizaje del francés y la cultura francesa. La  vida en el campo, alejada de los brillos de la corte y de niños de su edad, incluía su caballo Azul y sobre todo al tío Jorge, varios años mayor y compañero inseparable de la princesa.

Cuando a los catorce años se vio liberada de la prisión de su corsé y comenzaba a mostrar una incipiente belleza, se habló de casarla con su tío, que estaba muy enamorado de ella. Y es posible que el proyecto se hubiera realizado, si en 1744 no hubiese llegado al andrajoso palacio Anhalt una misteriosa carta procedente de Rusia.

Por aquellos tiempos, Rusia se encontraba bajo el mando de Isabel, hija de la segunda esposa de Pedro El Grande, quien había designado a un sobrino suyo, el alemán Pedro de Holstein-Gottorp como heredero y futuro Zar. La astuta Isabel  había llegado al trono protagonizando una revolución y necesitaba elegir para su sobrino una esposa muy especial, sin compromisos dentro de las complicadas redes diplomáticas y monárquicas, alguien que no atrajera demasiada atención, una oscura princesa alemana que de paso, fortaleciera la amistad entre Prusia y Rusia. Y dio órdenes para que se invitara a San Petersburgo, con claras insinuaciones matrimoniales,  a  Sophie y su familia.

Los príncipes alemanes dispusieron prontamente el viaje y en febrero de 1744, la tímida Figchen y su madre eran recibidas por la zarina Isabel. A partir de ese momento, nada fue fácil para Sofía. Mientras que la joven dedicaba todo su tiempo al estudio, su vanidosa, ambiciosa e indiscreta madre nadaba en cotilleos e intrigas palaciegas que molestaban a la zarina y comprometían el futuro matrimonio.  Pero su mayor desafío era sin lugar a dudas, entender  al zarevich,  su prometido, a pesar de que ambos eran alemanes.

El Gran Duque y futuro Zar de todas las Rusias, Pedro, nieto de Pedro El Grande,  era un personaje controvertido. Fatuo, simplón, con una sempiterna sonrisa burlona y extremadamente, feo. Era un poco mayor que Sofía y pasaba todo el día con sus lacayos jugando con soldaditos de plomo. Pedro nunca había dejado de ser prusiano y despreciaba sin miramientos a los rusos y sus costumbres;  se reía abiertamente de sus futuros súbditos y con el tiempo se ganaría la enemistad y el odio de numerosos sectores de la sociedad.

Por su parte la joven elegida para ser su esposa era inteligente, despierta, dulce, generosa, paciente, justa, de buen corazón. En un mundo de intrigas y dobleces, no hablaba mal de nadie, adoptaba una actitud serena, llena de deferencias, respeto y atenciones a todos. Hablaba francés a la perfección,  había comenzado a estudiar el difícil idioma ruso con pasión y se convertía a la iglesia ortodoxa con el afán de adaptarse a su nuevo país.  El 28 de Junio de 1744 y pese a la oposición de su padre, devoto luterano, Sofía se hace bautizar con el nombre de Yekaterina Alekséyevna…más conocida  como CATALINA de Rusia.

"Figchen", para escuchar...



Fuentes:
Catalina La Grande: Emperatriz de Rusia, Erickson, Carolly 
Catalina La Grande: Emperatriz de todas las Rusias, Fernando Díaz Plaja.
Catalina La Grande, Henry Troyat
Catalina de Rusia, Paul Mourousy 
Wikipedia



Imágenes: Internet Google