sábado, 24 de octubre de 2009

La Chinchinera


Dicen que el oficio lo inventó una mujer, pero nadie recuerda su nombre. Quizás tuviera algún parecido con la morena de ojos aindiados  y rostro castigado por el sol que apareció ante los desprevenidos transeúntes precedida de la música.

Con la espalda encorvada, cargando el bombo y los platillos unidos con una cuerda a su tobillo, la Chinchinera ejecuta una alegre melodía mezcla de fox-trot, folclore, tango y vaya uno a saber qué más. Y baila en círculos y sonríe a todos… especialmente a su compañero de función y quizás de vida: el Organillero.
La pareja de artistas itinerantes provoca la pausa en los comercios de la transitada avenida chilena,  las risas de los niños, la sorpresa entre los turistas, la ocasión de disfrutar de un raro arte, que no presume de estilo y alegra corazones con su sencillez.

Justo cuando los aplausos se apagan, los gastados sombreros de la chinchinera y el organillero pasan entre el público y  pequeñas monedas repican agradecimiento.
Es la hora de partir. Ella deposita cuidadosamente los instrumentos musicales en un cajón de madera  y con modales de princesa se instala también en el interior del improvisado carruaje.
El sencillo organillero la besa tiernamente en los labios  y comienza a pedalear la bicicleta que arrastra la caja con mujer e instrumentos hasta el próximo destino.

La Chinchinera, una de los últimos juglares del siglo XXI, ciertamente no es una estrella del firmamento musical y su rostro difícilmente estará en MTV. No conoce de camarines con flores, champagne, aduladores, anteojos oscuros, limosinas, aeropuertos o la persecución de los paparazzi… pero ella sigue sonriendo, felíz.



Enlaces: Wikipedia
Imagen: Internet. Sin relación con el artículo y a modo de ilustración.
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