jueves, 28 de junio de 2012

Las Impostoras. (Parte I) Mary Carleton


God hath given you one face, and you make yourselves another. 
Hamlet. Shakespeare

En tiempos de la Restauración, Mary ¿Carleton? protagonizó uno de los escándalos sociales más sonados del siglo, fue acusada varias veces de bigamia y sin una gota de sangre azul, se autoproclamó Princesa van Wolway y engañó a toda la aristocracia inglesa. Un siglo después, otra Mary ¿Baker? hija de un zapatero y mendiga eventual, se disfrazó con ropas exóticas, comenzó a balbucear un extraño idioma y se convirtió de la noche a la mañana en la inefable Princesa Caraboo…de ¡Javasu! Las histrionisas, Princesa van Wolway y Princesa Caraboo desafiaron el despotismo de la sangre, fueron la comidilla de los cafés y tabernas de Londres, provocaron ríos de tinta y le dieron un nuevo sentido a la frase “la nobleza sale de la plebe y vuelve a ella”.




“…hasta que la muerte nos separe.” 
        Mary Carleton (1642-1673) 

Era 1642. Mientras los puritanos cerraban todos los teatros de Inglaterra por orden gubernamental, y le asestaban un duro golpe a la dramaturgia inglesa, en Canterbury, nacía la mejor actriz del siglo. Mary Carleton (neé Moders) hija de un violinista, era una joven hermosa, educada y encantadora. Según todas las versiones, muy joven contrajo matrimonio con un zapatero y tuvo dos hijos que fallecieron en la infancia. Si “Todas las tragedias concluyen en una muerte y todas las comedias terminan en un matrimonio” al decir de Lord Byron, es probable que esta Mujer eligiera en aquellos momentos, su papel y género teatral en la vida. Sin mucho trámite, Mary abandonó penas y marido, viajó a Dover y se casó con un cirujano. Muy pronto llegó la primera denuncia por bigamia, el arresto y un juicio. 


Liberada del trance judicial con promesas de arrepentimiento y lágrimas de cocodrila, Mary decidió cambiar de aire y se fue a Alemania. En Colonia se enredó en un apasionado romance con un noble local y a punto de contraer enlace por tercera vez, decidió empacar los costosos regalos que había recibido del novio alemán y retornar a su país. Inglaterra vivía un clima de fiesta, con la Restauración en todo su apogeo. Carlos II había sido restaurado en el trono y los puritanos eran historia. El flamante monarca, defensor y mecenas del teatro, había levantado el veto impuesto por Cromwel y consecuente, vivía un loco y público amor con su amante, una de las primeras actrices profesionales: Nell Gwyn. La vida era teatro en aquel Londres alegre, donde reinaba la elegancia, el humor, la lujuria, el adulterio y la intriga. Mary no tardó en subirse a ese escenario tan conveniente para ella. El breve –aunque provechoso- roce con la nobleza alemana (por medio de su último romance) le había proporcionado el necesario know-how para su próxima puesta en escena. Comenzó a difundir el rumor de que había nacido en Colonia y era hija del fallecido Henry van Wolway, Señor de Holmstein.


Su personaje de Princesa van Wolway, huérfana, virgen e inocente, que había huido para evitar casarse con un pretendiente indeseable, fue impecable. Y toda la aristocracia se tragó el cuento. 

Curiosamente, el primero en pedir su mano fue otro impostor, un tal John Carleton, que andaba a la caza de una mujer de sangre azul. Apenas pocos días después de la boda, una carta anónima avisó al hombre que su princesa era trucha y se abrieron las puertas del infierno, para ambos. Acusaciones cruzadas, escritas y verbales y una vez más, Mary fue arrestada y llevada a juicio por bigamia, estafa, sustitución de identidad y título y otras defraudaciones. El fogoso escándalo, que salpicó a toda la nobleza, fue atizado por los folletos que ambos esposos publicaron para apoyar sus ofendidas posiciones. Finalmente, los modos refinados y seductores de Mary y su actuación frente al tribunal, la salvaron una vez más y fue absuelta. Para entonces, Mary Carlton ya era toda una celebridad y su fama se acrecentó cuando decidió escribir una obra de teatro sobre su vida, y en el colmo, ¡ella misma llegó a actuar su personaje en las tablas! A la célebre impostora le llovieron admiradores, joyas y atenciones. Como no podía ser de otra manera y fiel a su poliandra, no pasó mucho tiempo hasta que Mary volviera a decir “Sí, quiero” y se casó con uno de sus adoradores. Por supuesto, luego de una breve luna de miel, la incorregible mujer abandonó al nuevo marido, llevándose con ella todos los objetos de valor del nidito de amor. Mary Carlton siguió representando su papel de princesa ¡virgen! y rica durante otros diez años y volvió a “casarse” en innumerables oportunidades con opulentos terratenientes, a quienes inevitablemente les robaba dinero. Finalmente, fue capturada en 1672 y en 1673 el tribunal de Old Bailey la juzgó y condenó a muerte. Mary intentó varias estrategias de último minuto para evitar la horca, pero en esta ocasión, ninguna funcionó. Dicen que caminó hacia su verdugo muy elegante: faldas de seda, zapatos blancos y la frente en alto… como una verdadera princesa.





Fuentes:
 . Bernbaum, Ernest. The Mary Carleton Narratives, 1663-1673: A Missing Chapter in the History of the English Novel. Select Bibliographies Reprint Series. Ayer Publishing, 1914.
 . Kietzman, Mary Jo.The Self-Fashioning of an Early Modern Englishwoman: Mary Carleton's Lives. Ashgate Publishing, Ltd., 2004 
 . Wikipedia (inglés) enlaces en texto.
 Imágenes: Internet Google