domingo, 16 de marzo de 2008

Prostituta y Emperatriz: Teodora de Bizancio


Teodora de Bizancio conoció el Infierno y el Olimpo. De origen muy humilde, su niñez transcurrió en los fétidos subterráneos del Hipódromo, donde mendigó, fue actriz y se prostituyó.
Por circunstancias de esa vida azarosa, aprendió a leer, escribir y se instruyó sobre teología.
La valerosa e inteligente mujer se casó con Justiniano I y se convirtió en Emperatriz en el período de máximo esplendor del Imperio Bizantino.

En alguna parte, quizás en la isla de Creta, Siria o en las islas cercanas de la costa asiática de Turquía, nació Teodora, hija de Acacio. Los exegetas no se ponen de acuerdo respecto del año de su nacimiento, pero se estima que fue entre el 502 y el 508 d.C. Con la miseria y el hambre a cuestas, Teodora, sus padres y sus dos hermanas dejaron la aldea natal y marcharon hacia la Capital del Imperio Bizantino: Constantinopla.


Por aquellos tiempos, el Hipódromo era el centro vital donde competían cuadrigas, se exhibían animales exóticos y combatían gladiadores, y allí acudió en busca de trabajo el modesto Acacio. Logró un empleo como domador de osos que le permitió sacar a su familia de la miserable situación por algunos años, pero murió dejando a la prole en penosas necesidades. Fue entonces cuando la viuda decidió reunir a sus tres hijas, colocó guirnaldas en sus cabezas y las convirtió en “suplicantes” que deambulaban por los siniestros subterráneos del Hipódromo mendigando y sufriendo las más bajas pasiones humanas.


En la Constantinopla del siglo VI, había sólo dos opciones para las niñas muy pobres: la prostitución ó el teatro, y ambas estaban muy ligadas.
Cuando Teodora llega a los diez años comienza a incursionar en el teatro junto a sus hermanas más grandes, pero al poco tiempo provoca el asombro del público. Sin haber alcanzado la pubertad, o saber al menos tocar una flauta o el arpa,  y aún con su cuerpo esmirriado, la inteligente jovencita había descubierto cómo provocar a los hombres. Cubierta sólo con un taparrabos, se contorsionaba y contaba los chistes obscenos, aprendidos en los subterráneos. Era pésima actriz, pero a nadie le importaba.


Un día ideó el número que la acercó a las puertas de la fama: se presentó en el escenario con su habitual poca ropa y unos esclavos esparcieron sobre su cuerpo granos de cebada. Luego, un grupo de gansos fue soltado para que comieran del cuerpo de la joven, que comenzó a moverse sensualmente, transmitiendo inequívocos mensajes sexuales al auditorio, que aulló de emoción. A partir de ese día, Teodora se hizo famosa, porque además de bailar y contar chistes, era también capaz de satisfacer plenamente a los hombres, y a los dieciséis años, se había convertido en la prostituta mejor pagada y celebrada de Constantinopla.

Sin embargo, y cuando estaba ganando más dinero, la famosa prostituta se enamoró de uno de sus pretendientes, un tal Ecebolo, recientemente nombrado gobernador de Pentápolis. Sin pensar demasiado, descolgó su chapa de meretriz y se fue con él a tan remoto lugar, en calidad de amante oficial. Era la gran oportunidad para cambiar su vida.

El idilio duró unos tres años, luego de los cuales el bizantino la dejó sola y embarazada en el remoto Egipto.
Desengañada y triste, tuvo su hijo, lo dio en adopción a una familia en Pentápolis y siguió dando tumbos de lecho en lecho, hasta que llegó a la brillante Alejandría. Allí conoció a Severo, quien lejos de ser un viejo libidinoso, era líder de la secta cristiana de los monofisos (que defendían la divinidad exclusiva de Jesucristo) y un hombre de gran sabiduría. Por primera vez en su vida, la joven ramera pudo hablar sobre sus pecados, sufrimientos y humillaciones, y sus ideales y sueños, ante un hombre que no deseaba su cuerpo. Y esta doctrina cambió su vida por completo.
Después de un largo y agobiante viaje de regreso a Constantinopla, no volvió a prostituirse. Trabajó como hilandera, en un taller cercano al palacio donde vivía Justiniano, sobrino del emperador Justino y heredero del trono bizantino.


Fue una antigua amiga suya, amante del hombre de confianza de Justiniano, quien decidió presentar la hermosa Teodora al hombre más codiciado del Imperio.
Justiniano era un fiel bizantino de su época, fanático cristiano. Había tenido miles de amantes y era amigo de todos los placeres…y cuando conoció a Teodora, ocurrió lo imprevisible: se enamoró como un loco de la que alguna vez había sido la mejor ramera de Constantinopla.

Casi instantáneamente Teodora y Justiniano se convirtieron en amantes. Y para regodeo de los comunes mortales que habían poseído a la mujer, al muy poco tiempo fue elevada por su hombre a la dignidad de “patricia”. Este título permitió también un placer muy especial para Teodora: ocupar el palco de las mujeres nobles en el Hipódromo. Muy atrás habían quedado esos subterráneos donde mendigó como “suplicante”.
Pero todo lo conseguido no era suficiente para ella, quería dignidad para su amor y ser la esposa de Justiniano, pero la ley era tajante: las prostitutas, sirvientas y artistas de teatro no podían casarse con nobles. En tres ocasiones les fue negado el matrimonio, sobre todo por las intrigas de la tía de Justiniano (arpía fabulosa llamada Lupino), pero finalmente los amantes contrajeron nupcias en una ceremonia privada.
Tres años más tarde fallece Justino, el emperador. Justiniano asume entonces todas las funciones del “Basileus” a los 45 años, y Teodora, a sus 27, se convierte en la emperatriz consorte. Era el 4 de abril de año 527.

Muy lejos del pensamiento general, Teodora no había llegado al trono para ser ornamento, por muy bella que fuera, o dedicarse a relajadas tareas mundanas, había llegado para gobernar y convertirse en una de las mujeres más influyentes de la historia.
Teodora aportó sus propias ideas al Corpus Juris Civilis, la inmensa obra legislativa elaborada por Justiniano. En el tratado aparecen leyes inspiradas por ella, que defendían la igualdad de la mujer, el derecho al divorcio, la prohibición de castigos por adulterio, el reconocimiento hacia los hijos bastardos y sus derechos a la herencia, penas para los violadores, la prohibición de la prostitución forzosa, la pena de muerte por violación y la persecución del proxenetismo, que había estado hasta entonces protegido por la ley.


Los historiadores ven en el Corpus Juris Civilis “la mano, el cerebro y el corazón de Teodora”. Junto a las leyes, la otrora ramera comenzó una intensa y eficaz campaña para erradicar la prostitución. Creó planes de rescate y rehabilitación para otros oficios,  destinado a las jóvenes meretrices. Eran tiempos en los que los hombres cometían todo tipo de abusos, apaleaban, engañaban y repudiaban a sus mujeres. Y Teodora les brindó herramientas para cambiar esta situación. A partir de la iniciativa de la emperatriz se podían presentar quejas contra marido, padre ó hermano y tener la seguridad de que el agravio no quedaría impune.  En muchos casos, se necesitarían más de 1500 años para igualar lo alcanzado por esta increíble mujer.


Se dice que Justiniano confiaba absolutamente en el juicio de su esposa, y comenzó a escoger asesores de origen humilde y de gran probidad, dejando de lado a los nobles tradicionales en estos cargos. Seguramente fue en esos tiempos en los que Teodora se ganó el encono de su enemigo jurado, Procopio.
El historiador y jurista Procopio arremetió con todo el poder de sus letras contra Teodora, enrostrándole su pasado y acusándola de manipular a Justiniano con comentarios tan escandalosos que hoy carecen de credibilidad.

La valentía y sangre fría de la insigne emperatriz quedó demostrada como nunca en la revuelta de Nika, cuando las turbas violentas se hicieron cargo de Constantinopla, reclamando por los impuestos y excesos de funcionarios imperiales. Se dice que fue Teodora, no Justiniano quien aplastó la rebelión, contradiciendo a su propio e insigne marido, quien quería abandonar la ciudad. También se cuenta que era esta mujer quien dirigía al general Belisario en las batallas difíciles.

A pesar de su vida disoluta (Procopio la denomina pornográfica y amante de las orgías) Teodora fue proclamada santa por la Iglesia ortodoxa.

Un fulminante cáncer de mama apagó la vida de Teodora en el 548, cuando apenas tenía 40 años y tras su muerte el reinado de Justiniano entró en el más absoluto declive.

Se puede decir que cuando Teodora fue ramera, supo ser la mejor. Y cuando fue emperatriz, superó al emperador.


Fuentes:
Wikipedia
“La cara oculta de los grandes de la historia”
J.M.González Cremona
“Teodora” M. Vega
Imágenes: Internet. La emperatriz Teodora en un mosaico de San Vital, en Rabean. Google