viernes 16 de mayo de 2008

LA GRANDE II



CAPITULO 2/3

“Los amores de Catalina”

“Pasaba de un amante a otro sin el menor escrúpulo, pero guardando siempre el respeto total de las formas. Abandonó su cuerpo como su virtud y su honor, a distracciones siempre nuevas, a placeres rebuscados con desenfrenado ardor, pero no olvidó su dignidad, su ambición ni la superioridad que había de demostrar en el futuro.”
Casimiro Waliszewski

Para escuchar: Capítulo II


El 21 de agosto de 1745 San Petersburgo asistió a uno de los casamientos más lujosos de todos los tiempos. Docenas de buques trasladaron a los representantes de las coronas europeas a través del helado Neva y la fabulosa Iglesia de Kazán vistió sus mejores galas para el casamiento de Pedro y Catalina.

Pero nada, ni siquiera la esmerada bendición del obispo de Novgorod salvó a los esposos del desastre. Inmediatamente apagadas las luces de la fiesta, Pedro Ulrico dio rienda suelta a su carácter y el primer gesto, fue dejar de lado a su joven, hermosa y ardiente esposa, para hacer la corte a todas las mujeres que se le cruzaban, incluyendo las criadas que compraba por pocos rublos. Algunos autores aseguran que Pedro habría padecido de fimosis, la cual le imposibilitaba copular, y ésta sería la razón de su esterilidad y acomplejado comportamiento sexual.

El abandono de los deberes conyugales por parte del Gran Duque, condenaron a Catalina a más de 8 años de virginidad, situación que preocupaba sobre todo a la Zarina Isabel que esperaba un heredero a toda costa.

“Mi querido esposo - decía Catalina en su diario- no se ocupaba de mí, dedicado como estaba a sus juegos militares o a cambiarse veinte veces al día de uniforme, a jugar con los soldaditos, a entretenerse con sus muñecas, con su teatro de marionetas y con las jaurías de perros de caza”.

La joven y bella Catalina resignada a su suerte, se dedicó por completo a estudiar. Se carteaba con Voltaire, D´Alembert, el filósofo Diderot (a quien más tarde recibiría en su corte por un prolongado tiempo), leía a Plutarco, Montesquieu, Tácito y los enciclopedistas. En realidad, en esos tiempos de soledad y abandono, comenzó el gran amor de Catalina por el Despotismo Ilustrado.

Pero claro, también existía otro tipo de amor y ella lo presumía. Sus encantos femeninos eran objeto de piropos e insinuaciones por parte de los hombres de la corte, y había comenzado a apreciar la galantería, sobre todo los requiebros de un tal Tchernichev, gentilhombre del gran Duque. Pero fue el chambelán de la emperatriz, Sergio Saltikov, quien sedujo de manera fulminante y por primera vez, a la efusiva Catalina.

Fue un tórrido y ardoroso amor pasional entre jóvenes -ella tenía 22 años y él 26- y se sabe que la propia Isabel fue quien lo propició, ante la falta de herederos. Y así fue engendrado en 1754, Pablo, el futuro Zar de todas las Rusias y la ciudad se llenó de júbilo con el nacimiento. A la pragmática Zarina le importaba muy poco que el bebé no tuviera ni una gota de sangre Romanov, y una vez cumplida la misión, destinó a Sergio Saltikov a congelarse en Estocolmo, en “misión diplomática” para evitar sospechas.

Pedro, bien gracias. Cada vez más violento y vulgar, pasaba la mayor parte del tiempo en sus habitaciones, borracho y perdido entre bacanales, extravagancias e infantilismos.
Para 1756 Catalina ya no podía vivir sin un amante, y tras varias relaciones fugaces, encontró al guapo polaco Estanislao Poniatowski, ataché del embajador inglés, el hombre que más la amaría. Dicen que cuando Pedro se enteró del romance, quiso colgar al joven, sobre todo cuando supo que Catalina había tenido una hija con él (que falleció al poco tiempo). Pero todo se resolvió felizmente, cuando la Zarina mandó a Poniatowski a Polonia y la paz familiar volvió a reinar.

La Gran Duquesa Catalina fue fiel a su guapo polaco por algunos meses, hasta que conoció a Gregorio Orlov, un héroe de batalla con cara angelical y un físico de Tarzán, con quien tuvo otro hijo, a quien se conocería como Alex Bobrinsky.

El 5 de enero de 1762 falleció Isabel, hija de Pedro El Grande y accedió al trono ruso el Gran Duque con el nombre de Pedro III. Las locuras del nuevo monarca iban en aumento y sus excentricidades se volvían intolerables para todos.
El nuevo Zar trata a su esposa con desprecio, la humilla ante sus cortesanos, la insulta y se burla de ella. Catalina simplemente espera, colecciona amantes y prepara el Gran Golpe.

Jueves 22 de Mayo: CAPÍTULO 3/3: " Catalina II, Emperatriz de todas las Rusias."



domingo 11 de mayo de 2008

LA GRANDE





CAPITULO 1/3


“Esmirriada, enjuta y contrahecha”

El Reino de Prusia era muy pródigo en princesas casaderas. Las aspirantes a ocupar lugares de privilegio en la aristocracia europea, eran formadas con esmero por un verdadero ejército de institutrices, nanas, profesores de música, danzas, religión y lenguas extranjeras, y a menudo se convertían en piezas políticas claves de negociación entre países.


Para escuchar
  Capítulo I



Con un hombro más elevado que el otro y delgadez extrema, la pequeña Figchen (diminutivo germánico de Friederike ó Federica) no parecía reunir las cualidades necesarias, ni siquiera para sacar a su familia de la digna pobreza en que vivían.

Sophie Friederike Auguste von Anhalt-Zerbst había nacido el 2 de mayo de 1729 en el seno de una familia aristócrata de menor rango, y desde el primer momento fue una decepción para sus padres, que esperaban un varón. Su mamá, la hermosa Juana de Holstein-Gottorp, aún resentía el propio matrimonio, que no hizo justicia a su belleza y noble cuna. Y para lograr al menos, un mediocre casamiento para su contrahecha hija, decidió corregir los defectos de Figchen haciendo fabricar un extraño corsé en metal y cuero que abarcaba a la niña desde la cabeza hasta los pies.

Por muchos años –casi toda su infancia- Figchen soportó los terribles dolores ocasionados por ajustadas correas y hasta laceraciones en el cuero cabelludo, que la obligaban a llevar su cabeza siempre rapada.
No obstante los sufrimientos físicos y el desprecio de la madre, Figchen o Sofía, tuvo una niñez apacible y felíz. Aunque amaba estudiar, tuvo que conformarse con la instrucción necesaria para un mediocre matrimonio, que abarcaba el aprendizaje del francés y la cultura francesa.

La vida en el campo, alejada de los brillos de la corte y de niños de su edad, incluía su caballo Azul y sobre todo al tío Jorge, varios años mayor y compañero inseparable de la princesa.

Cuando a los catorce años se vio liberada de la prisión de su corsé y comenzaba a mostrar una incipiente belleza, se habló de casarla con su tío, que estaba muy enamorado de ella. Y es posible que el proyecto se hubiera realizado, si en 1744 no hubiese llegado al andrajoso palacio Anhalt una misteriosa carta procedente de Rusia.


Portrait of Great Duchess Cathrine Alexeevna
Louis Caravaque


Por aquellos tiempos, Rusia se encontraba bajo el mando de Isabel, hija de la segunda esposa de Pedro El Grande, quien había designado a un sobrino suyo, el alemán Pedro de Holstein-Gottorp como heredero y futuro Zar.
La astuta Isabel había llegado al trono protagonizando una revolución y necesitaba elegir para su sobrino una esposa muy especial, sin compromisos dentro de las complicadas redes diplomáticas y monárquicas, alguien que no atrajera demasiada atención, una oscura princesa alemana que de paso, fortaleciera la amistad entre Prusia y Rusia. Y dio órdenes para que se invitara a San Petersburgo, con claras insinuaciones matrimoniales, a Sophie y su familia.

Los príncipes alemanes dispusieron prontamente el viaje y en febrero de 1744, la tímida Figchen y su madre eran recibidas por la zarina Isabel.
A partir de ese momento, nada fue fácil para Sofía. Mientras que la joven dedicaba todo su tiempo al estudio, su vanidosa, ambiciosa e indiscreta madre nadaba en cotilleos e intrigas palaciegas que molestaban a la zarina y comprometían el futuro matrimonio. Pero su mayor desafío era sin lugar a dudas, entender al zarevich, su prometido, a pesar de que ambos eran alemanes.


Retrato de Pedro III de Rusia
 Lucas Conrad Pfandzelt


El Gran Duque y futuro Zar de todas las Rusias, Pedro, nieto de Pedro El Grande, era un personaje controvertido. Fatuo, simplón, con una sempiterna sonrisa burlona y extremadamente, feo. Era un poco mayor que Sofía y pasaba todo el día con sus lacayos jugando con soldaditos de plomo.
Pedro nunca había dejado de ser prusiano y despreciaba sin miramientos a los rusos y sus costumbres; se reía abiertamente de sus futuros súbditos y con el tiempo se ganaría la enemistad y el odio de numerosos sectores de la sociedad.

Por su parte la joven elegida para ser su esposa era inteligente, despierta, dulce, generosa, paciente, justa, de buen corazón. En un mundo de intrigas y dobleces, no hablaba mal de nadie, adoptaba una actitud serena, llena de deferencias, respeto y atenciones a todos. Hablaba francés a la perfección, había comenzado a estudiar el difícil idioma ruso con pasión y se convertía a la iglesia ortodoxa con el afán de adaptarse a su nuevo país. El 28 de Junio de 1744 y pese a la oposición de su padre, devoto luterano, Sofía se hace bautizar con el nombre de Yekaterina Alekséyevna…más conocida como CATALINA de Rusia.


Viernes 16 de Mayo: CAPÍTULO 2/3
“Los amores de Catalina"

Fuentes:
Catalina La Grande: Emperatriz de Rusia, Erickson, Carolly (excelente)
Catalina La Grande: Emperatriz de todas las Rusias, Fernando Díaz Plaja.
Catalina La Grande, Henry Troyat
Catalina de Rusia, Paul Mourousy