Fi-Fiuuuuu, qué mina! hubieran exclamado –de haber podido- los porteños de la Buenos Aires colonial, cuando vieron llegar a la deslumbrante y volcánica Perichon. La belleza de esta mujer, su encantadora conversación con acento exótico y marcada sensualidad, aceleraba el pulso de los caballeros y encendía la envidia de las damas criollas. Muy pronto la acusaron de “comehombres”, contrabandista y espía. Y el colmo fue cuando el virrey Liniers, perdió la cabeza por ella, y comenzó uno de los culebrones más mentados de la época de las Invasiones Inglesas.
