domingo, 24 de agosto de 2008

LA DIVINA: Sarah Bernhardt




Antes que Greta Garbo, una verdadera Divina con sus textos franceses y fina belleza, hacía suspirar el mundo. Era alta, espigada. Su cabello era rubio oscuro y los ojos, azul cobalto. Caprichosa, excéntrica, dueña de una voz exquisita y un atractivo hipnótico. Su talento dramático la llevó a ser una de las mejores actrices de todos los tiempos y pionera en el arte cinematográfico. Su nombre: Sarah Bernhardt.



Era la hija de una prostituta de lujo y padre anónimo, y había nacido el 22 de octubre de 1845 en París. Cuando cumplió quince años, su madre intentó incluirla en el negocio familiar, pero Sarah se negó repetidamente. Ingresó en el Conservatorio de arte escénico de Paris y sus condiciones excepcionales la llevaron pronto al éxito con la obra “Le passant” en su primer rol masculino.. En 1872 ya se escribían para ella,“Cleopatra”, “Teodora”, en total actuó en 125 obras de teatro y uno de sus papeles más resonantes fue la Dama de las Camelias de Alejandro Dumas, obra que se representó en los  escenarios de todo el mundo.


Natural, sin declamaciones histriónicas ni gestos sobreactuados, Sarah profundizaba sus personajes y hacía famosas, sobre todo, sus escenas de muerte.

El muy joven y cáustico Oscar Wilde escribió “Salomé” para que ella la interpretara y el fundador del psicoanálisis Sigmund Freud, llegó a “soñar” con La Divina, después de verla actuar en Teodora de Sardou. Se dice que durante muchos años una fotografía de la actriz recibía a los pacientes en su consultorio.



Mientras el éxito de Sarah ascendía, las habladurías también. Su libertad era exacerbada para la época, y los periodistas decían –sobre todo los neoyorquinos- que las obras de Bernhardt no eran “decentes”. La llamaban la “parisiense pervertida” y en una extraña mezcla de admiración y ambiente hostil, La Divina fue conquistando públicos alrededor del mundo, incluso en la lejana Rusia, donde el Zar y la aristocracia le rindieron pleitesía.



Su exótica existencia incluyó un amasiato con el príncipe de Ligne, que la dejó embarazada y sola en su juventud, y romances con Gustave Doré, Víctor Hugo, Jean Mounet-Sully, Jean Richepin, Philippe Garnier, Gabriele D´Annunzio, Eduardo, Príncipe de Gales, entre otros. Se casó una sola vez con un oficial griego adicto a la morfina y el tempestuoso matrimonio, con infidelidades de ambas partes terminó en separación.



Dicen que Sarah Bernhardt tenía fascinación por los temas fúnebres: había comprado un ataúd y solía dormir dentro de él. También por los animales: llegó a tener un león, un  tigre, loros, tortugas, un mono llamado Darwin, cocodrilos y varios perros, que solían acompañarla en sus viajes.



A los 72 años le fue amputada su pierna izquierda por una vieja dolencia de juventud, pero no por eso dejó de actuar. A los 70 interpretó un Hamlet memorable  y a los 78 años hizo estallar en aplausos a todo el teatro con su Athalie, la “joven” viuda del Rey de Judea.



Su última venganza hacia la prensa, que la había tapizado con falsas historias durante su carrera, fue hacerlos esperar por largas horas mientras agonizaba. Finalmente tanto las víboras y sanguijuelas como más de 150.000 franceses que la amaban,  se apretujaron a lo largo de varios kilómetros para ver a Sarah representar su Quinto Acto, el que la había consagrado en el escenario: la muerte.



“Hay cinco clases de actrices: las buenas, las malas, las regulares, las grandes actrices y… Sarah Bernhardt”.

Mark Twain










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