jueves, 26 de noviembre de 2009

La Papisa



Juana...  Una vieja leyenda medieval cuenta la historia de una mujer que llegó al papado católico escondiendo su identidad sexual. Según algunas versiones, este pontificado se suele situar entre el 855 y el 857, el cual según la lista oficial de papas correspondería a Benedicto III; otras que fue entre el 872 y el 882, el del Papa Juan VII. Y finalmente hubo lenguas asegurando que Benedicto III fue la mujer disfrazada y hasta Juan VIII fue acusado de ser Juana, como lo testimonia una pintura de la época.
 



Juanita, de acuerdo a los cronistas tardíos, habría nacido alrededor del 822 cerca de Maguncia. Hija de un predicador que difundía el Evangelio entre los sajones, tuvo la oportunidad de estudiar – gracia vedada a las mujeres de su época- y criarse en un ambiente religioso y erudito. Y como sólo la carrera eclesiástica permitía continuar estudios sólidos, la muchacha cambió su nombre por Johannes Anglicus, o sea Juan el Inglés, y entró a la religión como hombre y copista. Otros relatos dicen que era una pobre campesina de inclinaciones muy religiosas, que optó por vestirse con las ropas de un sacerdote muerto por la peste, para evitar trabajar como prostituta.

Pero continuando con la versión original, Juana habría viajado frecuentemente por lugares como Constantinopla y Atenas, y se habría relacionado con célebres personajes de la época como la emperatriz Teodora, el rabino Isaac Israelí e incluso con la corte del rey Carlos el Calvo. En el 848 se habría trasladado a Roma con un puesto docente y allí la Curia, fascinada por su erudición, le presenta al papa León IV, quien la convierte en su secretaria para asuntos internacionales.

La sagaz Juana continúa hábilmente ocultando su identidad y granjeándose el respeto y admiración de los medios eclesiásticos, al punto tal que a la muerte de León IV, fácilmente se hace elegir como su sucesora con el nombre de Benedicto III ó Juan VIII.

Durante dos años la buena Juana habría realizado un excelente papado sin despertar sospechas, pero su débil carne femenina rodeada por hermosos pajes adolescentes a su servicio, cedió al amor y terminó embarazada. Algunos cronistas también afirman que este embarazo fue fruto de la unión carnal con Lamberto de Sajonia, famoso por sus artes de casanova.

Al principio, la Papisa logró ocultar su estado bajo la pesada vestimenta pontificia, pero con el correr del tiempo y en los últimos meses, comenzó a ralear las apariciones públicas, despertando las murmuraciones del pueblo. Para colmo de males se acercaba la ceremonia de Corpus Christi…y el momento del parto.

Siempre según la leyenda, Juana se vio obligada a asistir a la larquísima procesión del Corpus, ocultando con mucha dificultad su vientre y dolores. Seis cardenales la cargaban en andas mientras el gentío la perseguía para obtener una bendición más personal y justamente allí, en el medio del pueblo que gobernaba, dio a luz.

Respecto del destino posterior, Jean de Mailly dice que fue “lapidada por el gentío enfurecido”, Martín el Polaco asegura que murió a consecuencia del parto. Otras versiones contradictorias dicen que terminó sus días en un convento, que volvió a la miseria y tuvo que mendigar con su hijo, inclusive que ambos fueron encerrados en un castillo papal hasta el fin de sus días.

Algunos comentaristas, muy pocos, sostienen que la leyenda de la Papisa Juana fue realidad, pero la opinión más extendida es que se trata de una leyenda. Aunque es curioso que la Iglesia Católica la diera por cierta hasta el Siglo XVI, y en los Archivos del Vaticano exista el catálogo Papissa Johanna Non Numerator que reconoce la existencia de Juana pero no tiene el orden de entre los papas reconocidos por la Iglesia. Otros archivos atribuyen que existió cinco siglos antes.  


Leyenda o verdad, el tema de la Papisa Juana llegó a ser tan trascendental en las mentes medievales, que alrededor del Siglo XI fue incluída en el diseño del primer naipe que se fabricó en el mundo: el Tarot . El famoso naipe incluye entre sus arcanos mayores el número 2: LA PAPISA.









Nota:

Dicen que la “usurpación” de Juana obligó a la Iglesia a la verificación ritual de la virilidad de los papas electos, encantadora ceremonia en la que un eclesiástico estaba encargado de examinar manualmente los atributos sexuales del nuevo pontífice a través de una silla perforada. Acabada la inspección, si todo era correcto, debía exclamar: Duos habet et bene pendentes (Tiene dos, y cuelgan bien). Además, las procesiones, para alejar los recuerdos dolorosos, evitaron en lo sucesivo pasar por la iglesia de San Clemente, lugar del parto, en el trayecto del Vaticano a Letrán.

Fuente:
Wikipedia
Imágenes
Internet 
Artículo publicado en 2008
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