domingo, 3 de marzo de 2013

¡Genias!



Dostoyevski, Mahler, Picasso, Curie, García Márquez, Wilde… cada uno de estos personajes, tuvo una genia en su vida.



Las damas que compartieron la pequeña crónica cotidiana con un hombre eminente, muchas veces fueron invisibles para la historia. Una buena parte de ellas son desconocidas, rostros sin nombre o nombres sin individualidad que asoman tímidamente en cartas, diarios o memorias. Casi todas las mujeres de hombres notables conocieron a sus aladinos cuando ellos eran apenas, una estrellita más en el universo indiferente. Las genias acompañaron las primeras inspiraciones, las primeras y grandes frustraciones y no pocas veces, las penurias de la miseria. Practicaron alpinismo intelectual, consolaron, soportaron berrinches y vivieron en la enrarecida atmósfera que suele rodear a un creador y su obra. ¿Salieron de una lámpara maravillosa? Quizás sí, quizás no. Sin embargo, con su abnegación, talentos especiales y estoicismo hicieron posibles más de tres deseos…



Anna Grigoryevna era una joven educada, de belleza serena y modales suaves. Trabajaba como secretaria cuando conoció a Fedor Dostoyevski, veintiséis años mayor, pobre como laucha, epiléptico y jugador empedernido. El hombre había pasado un tiempo a la sombra del presidio por un robo menor y sin dudas, estaba lejos de ser el candidato ideal para Anna. Cuando le preguntaron a ella qué futuro le esperaba al lado de ese perdedor, respondió:”El mañana es sólo un ayer diferido”, la frase mostraba su carácter especial y ese talento literario que le permitió comprender profundamente al escritor. Mientras Dostoyevski escribía, afiebrado y apartado del mundo, Anna comenzó su propio diálogo con un diario personal. Recién treinta años después de la muerte del autor de Crimen y Castigo se conocieron algunas de estas páginas que la misma mujer prudentemente, pasó por un cedazo para no empañar la imagen del genio. Era verdad que Fedor jugaba todo el dinero a la ruleta para luego reprocharle no ser más elegante... pero él era un niño caprichoso y a veces desvalido, que se dormía con un cigarrillo entre los dedos. Sin Anna Grigoryevna y su devoto amor, el fuego hubiera consumido a Dostoyevski antes de dar luz a sus más grandes obras. 


De Alma Mahler se sabe que era una belleza y brillaba en los salones frecuentados por las élites sociales e intelectuales de la Viena de fin de siècle. Los profesores del conservatorio le auguraban un promisorio futuro en composición, que no se cumplió. Alma se enamoró como una loca de Gustave, otro artista excepcional, y cuando se casó con él prometió ser una obediente esposa y nunca jamás volver a incursionar en la creación musical. ¿Competencia? ¡De ninguna manera! “Sería algo degradante para ambos” le aseguró el genio y Alma enterró (o casi) sus sueños musicales. A escondidas y en silencio «Qué duro es ser tan despiadadamente privada de lo más cercano al corazón» confesó alguna vez, la mujer compuso algunas hermosas páginas musicales, destellos de un talento truncado. Y es que el apasionado y genial compositor y director austriaco cuya obra marcó el cenit de la evolución de la sinfonía romántica, necesitaba que esa mujer velara por él, lo protegiera y le ayudara a construir la leyenda.



“Yo no fui la amante de Picasso, él solo fue mi amo” declaraba la hermosa y talentosísima Dora Maar antes de perder la razón y entrar en una fase mística hasta su muerte. Fue una más en la larga lista de musas del Minotauro, quien alguna vez confesó a su amigo Malraux: “Las mujeres están hechas para sufrir”. La siguiente musa de Picasso, François Gilot, también sufrió, pero encontró el hilo de Ariadna para salir del laberinto. Lo sirvió, complació sus caprichos, pintó junto a él, le dio dos hijos, Claude y Paloma, escribió unas memorias que enfurecieron al hombre y cuando descubrió que jamás sería única e irreemplazable, lo abandonó para seguir un discreto camino en las artes plásticas. Su vocación de genia la llevó a conocer al pacífico, sonriente y amable Jonas Salk, creador de la vacuna contra la polio y por supuesto, se casó con él.



¿Qué vio Oscar Wilde en Constance Lloyd? Sin dudas, la chica guapa, elegante y rica heredera que aprecia todo dandy á la page. Pero muy probablemente al escritor no se le escapó que la enigmática Constance recitaba de memoria pasajes completos del Dante y era capaz de leer en su idioma original a Petrarca y Tasso…Sí, definitivamente esa mujer era la guardiana ideal del mundo que Oscar Wilde había creado para sí mismo, un mundo donde reinaban el arte y la belleza. Se dice que fue un matrimonio feliz, hasta que la maternidad modificó el cuerpo de la esposa y el genial autor descubrió su homosexualidad. Sabemos de las muchas lágrimas que derramó cuando se enteró de la pasión de Oscar por el efebo Lord Douglas; también de su fidelidad, de sus silencios, de su capacidad para mantenerse firme mientras Oscar era juzgado y encarcelado por “grave indecencia”. También sabemos que hasta el final, cuando su “mundo” era un montón de ruinas, intentó comprender en qué había fallado como mujer. 



Gabriel García Márquez ha contado muchas veces cómo, camino a Acapulco con su esposa Mercedes y los hijos, dio media vuelta y adiós vacaciones; había resuelto escribir Cien años de soledad. La anécdota, desde luego no termina ahí. Mercedes Barcha Pardo –según el Nobel de Literatura- “soportó todas sus locuras”. Para escribir el libro empeñó el automóvil familiar, calculando que el dinero les alcanzaría para vivir los seis meses necesarios, pero el autor se tomó un año y medio en terminarlo. Sin un centavo (García Márquez declara no saber cómo hizo ella…las mujeres sí sabemos) Mercedes logró que le fiaran panaderos, carniceros y hasta el dueño del departamento donde vivían. Tampoco hubo una palabra de reproche, esa genia no sólo soportó la presión de los acreedores, también se ocupó “mágicamente” de que jamás faltaran las quinientas hojas de papel que el insigne hombre necesitaba cada cierto tiempo.


"Fui golpeada por la expresión de su mirada clara y por la ligera apariencia de abandono de su alta estatura. Su voz, un poco lenta y reflexiva, su simplicidad, su sonrisa a la vez grave y joven, inspiraban confianza" escribió la polaca Manya Sklodowska antes de convertirse en la esposa de su admirado Pierre Curie. El marido, lejos de bloquear el desarrollo de Marie Curie, impulsó fuertemente su carrera e incluso abandonó sus investigaciones para colaborar con ella. Ambos obtuvieron el Nobel; primero Pierre y años más tarde la genia, mujer que atribuyó su premio “a la obra común” “un homenaje a la memoria de Pierre Curie”. 

El femenino de la palabra “genio” desde luego aún no existe, pero debiera, claro que sí.


Nota: Artículo publicado en “La Tregua” – Revista Cultural Anual. 2º Época – Nº7. Año 2012. Google