lunes, 30 de septiembre de 2013

Mrs. Hemingway


La mujer de París; la elegante y rica corresponsal de Vogue y custodia del refugio en Key West; la rubia impetuosa que no quería ser pie de página y la “cuarta” y albacea literaria, se casaron con él

Elizabeth Hadley Richardson, Pauline Pfeiffer, Martha Gellhorn y Mary Welsh, cada una a su turno, dijeron Sí, quiero y se embarcaron en una singular aventura junto a Hem. Todas encontraron la cama tibia y el perfume de otra; todas chocaron con el ego, la arrogancia y las obsesiones del pésimo esposo y gran escritor; todas pretendieron ser el gran amor. 

Una de ellas ocupó la memoria y el corazón del pescador en la recta final, “antes de mirar por sobre el mar y darse cuenta de cuán solo se encontraba(1)



París era una fiesta


Elizabeth Hadley era sobria, modesta, algo tímida. Sólo parecía liberarse de sus estrictos modales victorianos cuando interpretaba en el piano a Rachmaninoff o cuando escuchaba los piropos subidos de tono de su novio, un guapísimo y novato periodista que deliraba con ser escritor. 
Ella tenía casi treinta años cuando se casaron y él, veintidós. Era setiembre de 1921 y dos meses después la joven pareja estaba en París. 
Por un buen tiempo vivieron en un miserable cuarto en el último piso del hotel donde murió Verlaine, tiritando frente a una mezquina chimenea con haces de leña húmeda. Hemingway había logrado que el Toronto Star lo nombrara corresponsal en el extranjero y aunque el dinero apenas alcanzaba para sobrevivir ¿a quién le importaba? Eran “muy pobres y muy felices”(2) y la fiesta recién comenzaba. 


En esa época faltaba de todo: prosa, amigos, dinero, comida…eso sí, había mucha Hadley. La pelirroja era de fierro, ningún obstáculo era demasiado grande para lograr que Tatie se convirtiera en un gran escritor, ni siquiera el hambre(3) Cuando los estómagos enamorados se quejaban, ella solía entretener a un policía en la plaza mientras su marido torcía el pescuezo a las palomas y solucionaba la cena.



Con el tiempo comenzaron a llegar personajes fundamentales a la vida de los Hemingway: Sylvia Beach, la legendaria propietaria de la biblioteca Shakespeare and Company, que guió la buena lectura y prestó innumerables libros al aprendiz de escritor; Gertrude Stein con sus consejos y relaciones en el mundo editorial; los artistas extranjeros y escritores del barrio de Montparnasse, la génération perdue; Scott Fizgerald y Zelda, el poeta Ezra Pound, Picasso, MiróTatie aprendía de todo y de todos y no paraba de escribir.



¿Hadley? A duras penas le seguía el tranco. Para peor y en un viaje a Ginebra –mientras el marido cubría una conferencia de paz- fue víctima de un robo en la Gare de Lyon y una valija repleta de los manuscritos y la novela en curso de su cónyuge, se perdieron para siempre. No sería su único traspié. Al poco tiempo fallarían las píldoras anticonceptivas y quedaría embarazada del bello Bumby


Mientras la carrera de Hemingway despegaba entre viajes, juergas, amigos, excesos y alcohol, Hadley comenzó a quedar atrás. Aún era la amiga y confidente, el bastión seguro, el refugio por las noches, la paz; pero todo esto también se deslucía tan aceleradamente como su matrimonio y ella misma. Su figura se opacaba al lado de las mujeres que rodeaban a su marido. Chicas independientes con una batería inagotable de frases agudas e inteligentes, seguras con sus melenitas a la moda y trajes brillantes como la distinguida y chic Pauline Pfeiffer. Demasiado contraste entre ellas y su carácter reservado. Ni qué hablar de sus gastados vestidos.  



Tatie comenzó a irse un poco cada día, primero fueron sus ojos y atención y luego, el resto del hombre y el escritor. Hadley no intentó retenerlo “luchar por un amor que ya se ha ido es como tratar de vivir en las ruinas de una ciudad perdida” confesó alguna vez. 

El matrimonio se desintegró mientras Hemingway escribía The Sun Also Rises, novela que le dedicó a su esposa e hijo, en pleno romance con la periodista de Vogue, que se convertiría en su segunda esposa. En el tiempo Hadley encontraría un nuevo amor en el escritor Paul Mowrer, ganador del Pulitzer y ella y Hem se verían brevemente sólo una vez más.


Muchas botellas vacías después y en los últimos años de su vida, el Nobel de Literatura se dedicó a escribir y corregir con toda pulcritud “Paris era una fiesta”. En este pequeño libro –sus memorias desde 1921 a 1926- “Papa” el hombre de barba blanca, regresó a su pasado para encontrarse con una mágica invocación “¿Aprendiste algo hoy, Tatie?”(4). Y acarició a su Hadley por última vez.


“Cuando al fin vi a mi mujer de pie junto a las vías, mientras el tren entraba en la estación entre grandes pilas de troncos, antes hubiera querido haberme muerto que haberme enamorado de otra.” Yo la quería y no quería a nadie más” (5)





1. De “El Viejo y el Mar” 
2. 4.y 5: De “A Moveable Feast” (“París era una fiesta”) 
3. “El hambre es una buena disciplina, y enseña mucho." Hemingway

Fuentes:
. Broer, Lawrence R. Holland, Gloria. Hemingway and Women: Female Critics and the Female Voice.University of Alabama Press, 2002.
. Kert, Bernice. The Hemingway Women. WW Norton, 1999
. Hemingway, Ernest. A Moveable Feast. Simon and Schuster, 2009
. Griffin, Peter. Along with Youth: Hemingway, the Early Year. Oxford University Press, 1987.
. Bloom, Harold. Ernest Hemingway. Infobase Publishing, 1999. Pág. 12
- Hemingway, Ernest. El viejo y el mar. Andres Bello, 1969
Imágenes: propias. Google