miércoles, 4 de marzo de 2009

LA ENEMIGA DEL CORSO: Madame de Staël



El admirado y repudiado Napoleón Bonaparte no anduvo falto en amores. Dueño de un extraño atractivo, el corso conquistó muchos corazones femeninos y tuvo también memorables plantones. Su célebre frase “Las batallas contra las mujeres son las únicas que se ganan huyendo” adquiere una nueva dimensión cuando recordamos a su más famosa contendiente: Madame de Staël.


Su nombre completo era Anne Louise Germaine, baronesa de Staël-Holstein. Era hija del financiero, político y Ministro de Finanzas de Luis XVI, Jacques Necker y de Luisa Curchod. A los 19 años la matrimoniaron con el barón de Staël-Holstein, embajador de Suecia en la corte de Francia, y tuvo con él tres hijos y esta versión del matrimonio: “ese sueco, perfectamente honesto, incapaz de decir o hacer tonterías, pero estéril y sin nervio: si no me hace infeliz es porque no osa inmiscuirse en mi felicidad"

Germaine fue una diva, también fue escritora e intelectual. Antes y después de la Revolución era una de las mujeres más influyentes de París. Para algunos era bella, para otros, fea con brazos lindos, pero lo indiscutible era su garbo, educación y refinamiento. Se dio al menos dos gustos en su vida: el primero, ser amante de Benjamín Constant –célebre filósofo y escritor opuesto a las tesis napoleónicas y al militarismo en general- y el segundo, ser la mujer que rechazó a Napoleón Bonaparte. Lo detestó como una enemiga encarnizada.

Las razones de la ojeriza son inciertas. Algunos autores dicen que Madame Staël fue a entregarse al pequeño gran Corso y que él la rechazó, receloso ante una mujer dedicada a la política. Pero también cuentan que fue Germaine quien rechazó a Bonaparte, decepcionada por las escasas dotes intelectuales del militar y su personalismo, más típico de un rey del Antiguo Régimen, que de un general revolucionario.
Quizás sencillamente Napoleón siempre le cayó mal y lo despreció como un arribista, un sine nobile que sólo había llegado al poder por la fuerza de las armas. Dicen de ella que cuando se bañaba lo hacía sin ningún pudor delante de los criados, diciendo que no eran hombres. Ella pensaba que los hombres eran tales a partir de los barones. 
La baronesa era una mujer muy culta e inteligente, veloz para las contestaciones, ingeniosa y acostumbrada a tener a su alrededor legiones de admiradores que soñaban conseguir sus favores sexuales, ignorando que para conquistarla, primero había que llegarle a la razón, antes de cautivar su corazón.
Desde los diez años había entrado en contacto con todas las celebridades del Antiguo Régimen y la elite de los pensadores ilustrados, en el salón que su madre presidía en París. En ese ambiente se forjaron sus ideas sociales y políticas, cercanas a la burguesía revolucionaria. Germaine vivió en primera línea los sucesos que llevaron al estallido del Terror y espantada por el destino de su amiga personal, Maria Antonieta, en 1792 se exilió en Suiza y regresó en 1797.

Cuentan que una noche, Madame Staël estaba frente al amo de Europa en una reunión en la que se hablaba de política y ella mostró abiertamente su disgusto ante un comentario de Napoleón:

¿Acaso no estáis de acuerdo con nosotros, madame? –preguntó Napoleón, y como ella contestara abiertamente haciendo gala de un furioso antibonapartismo, él le dijo:

Discrepo con usted, señora pero, en cualquier caso, no me gusta que las mujeres opinen de política-

Entonces la Staël le replicó prontamente:

Pues, sire, deberíais reconocer que en un país donde a las mujeres se les corta la cabeza, éstas tienen por lo menos el derecho de saber cuál es el motivo- 

Estos encantadores diálogos, la relación con Benjamín Constant, y su salón, donde se daban cita los opositores al régimen, la fueron convirtiendo en la más fuerte adversaria de Napoleón. Sus obras literarias fueron perseguidas y juzgadas inmorales y contrarias a las ideas que sostenía el Consulado.

Napoleón la echó de París y fue inflexible a las peticiones de todos los amigos de la mujer para que le permitiera regresar. Sus obras (Delphine, Corinne) hoy están perfectamente olvidadas, pero no así el empeño de Madame de Staël en hacer compatibles el racionalismo ilustrado y el romanticismo.

Decenas de anécdotas como éstas la retratan:



.“Era más bien fea, pero tenía dos maravillosos brazos y vestía siempre vestidos sin mangas para poder exhibirlos."
-¡Qué queréis!, - decía -. Es necesario enseñar la cara en el lugar en que se encuentre...
Durante su relación con Benjamín Constant, le prestó a éste veintidós mil francos y cada vez que le reclamaba la devolución del dinero el escritor respondía con cumplidos.
-Tenéis unos magníficos ojos y unas manos deliciosas- 
-Tal vez es verdad -respondía ella- pero he tenido el placer de oír estas alabanzas sin que me costasen nada.
Cuando decidió escribir sus memorias, una de sus amigas le preguntó cómo lo haría, al llegar a la historia de sus aventuras galantes.
-Oh! -respondió-. Me describo sólo... de la cintura para arriba.
Madame de Staël fue enemiga de Napoleón, y quizás también… su amor imposible.


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